Campana de alerta: Nicodemo y la fe verdadera

Estudiando ayer con algunos amigos la conversación entre Jesús y el reconocido líder judío Nicodemo, algo nuevo entendí y lo quiero compartir a ver qué piensan. Para empezar, que los fariseos eran gente judía, común y corriente, que llevó su entusiasmo por servir a Dios a un nivel de excelencia tal que se convirtieron en los religiosos más temidos entre el pueblo judío, y como tales, provocaron en Jesús el rechazo más visceral que se haya registrado en las escrituras. Suena contradictorio: Que Dios rechace a alguien que quiere servirle. Pero si miramos a fondo, no es contradictorio en absoluto que Dios rechace un comportamiento porque Dios nunca ha pedido de su pueblo un desempeño excelente sino un corazón nuevo.

Si tu experiencia ha sido querer “ser mejor”, cambiar y servir a Dios con excelencia, sin lograrlo, esta lectura puede ser para ti. La conversación a la que me refiero está en Juan 2:23-25 y 3:1-21:

“Cuando estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía. Pero Jesús, por su parte, no se confiaba a ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diera testimonio del hombre, pues El sabía lo que había en el hombre”. 
Este texto nos alerta contra creer en el nombre de Jesús solo por algún milagro que Él haga. Después de todo, Dios sabe desde el inicio del mundo que el ser humando está de continuo inclinado al mal (no solo hacer lo malo sino estar en permanente rechazo a depender de Dios, a elevarse a sí mismo como ser independiente de su creador). Cuando sabemos que Dios conoce hasta el último átomo de nuestro cuerpo y lo más profundo de nuesta alma, recién podemos acercarnos a Él con un corazón disponible para ser transformado. Ésta es la primera condición para que Dios obre en nosotros.

“Había un hombre de los fariseos, llamado Nicodemo, prominente entre los judíos. Este vino a Jesús de noche y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer las señales que tú haces si Dios no está con él”.
Nicodemo presenta aquí el ejemplo perfecto de lo anterior. Dice creer en Jesús pero en realidad solo cree en los milagros de Jesús, todavía está en rebeldía contra Dios, aunque no lo sabe.

“Respondió Jesús y le dijo: En verdad, en verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios”.
El Señor no responde a Nicodemo abordando sus milagros o su origen, sino que no pierde el tiempo con alguien interesado y le comparte la verdad de vida: No es la creencia en milagros lo que me lleva a Dios sino contar con un corazón nuevo.

“Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo ya viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?”
Nicodemo no puede entender el mensaje netamente espiritual de Jesús. Está aún atrapado por lo que es físico, lo carnal. Está muerto espiritualmente, aunque profese vivir para Dios.

“Jesús respondió: En verdad, en verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te asombres de que te haya dicho: “Os es necesario nacer de nuevo.” El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu”.
Aquí Jesús está presentando el fundamento de la fe muy simplemente. Tan simplemente, que lo puede entender un niño, si Dios le otorga entendimiento espiritual.

“Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede ser esto? Jesús respondió y le dijo: Tú eres maestro de Israel, ¿y no entiendes estas cosas?”
Probablemente Nicodemo conocía la enseñanza presente en el antiguo testamento (las Escrituras para el pueblo judío sobre las cuales los fariseos basaban su enseñanza) como en Ezequiel 36:26: “os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros”. Sin embargo, es posible que al añadir tantas enseñanzas extras, los fariseos se habían alejado del espíritu del mensaje de Dios en las escrituras. Esto nos sirve de alerta de que la clave del mensaje del evangelio radica en un nuevo corazón.

“En verdad, en verdad te digo que hablamos lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no recibís nuestro testimonio. Si os he hablado de las cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las celestiales? Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, es decir, el Hijo del Hombre que está en el cielo. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo aquel que cree, tenga en El vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El. El que cree en El no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, pues sus acciones eran malas. Porque todo el que hace lo malo odia la luz, y no viene a la luz para que sus acciones no sean expuestas. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sus acciones sean manifestadas que han sido hechas en Dios”.

¡He aquí el mensaje de las buenas nuevas que debemos predicarnos a nosotros mismos cada día y compartir con otros! Desear un mejor comportamiento no es malo, pero no es la esencia del evangelio. La esencia es que Dios nos dé un corazón nuevo, y esto solo viene a través de Jesucristo. Cuando llegamos a Jesús sin nada que aparentar sino sabiendo lo malos que somos y que Él nos ama igual, cuando nos humillamos y arrepentimos de nuestro mal y recibimos a Jesucristo, tomamos la decisión de depender al 100% de su Espíritu para vivir. De allí en adelante, Él nos transformará gracias al corazón nuevo que nos da. La lucha contra el pecado y la carne continúa pero éstos ya no tienen poder absoluto sobre nosotros. Cuando sucumbimos al  pecado, no nos escondemos sino que vamos a la luz, nos arrepentimos antes ante Cristo mismo, quien nos perdona y como Palabra de Vida, nos lava continuamente de pecado, no una vez en la vida sino cada vez que sea necesario. Nicodemo entendió esto, y cuando muere Jesus, lo vemos demostrar públicamente su fe en Él.

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