Buscando a mi Dios

Muchos hemos crecido escuchando la experiencia de Ruth y su conocida frase “tu Dios será mi Dios”, su valentía para dejar su país, su familia, su cultura, y ser una hija para la persona que más la necesitaba, su suegra, y cómo Dios la acogió en su plan de salvación.  Pero, en realidad, vivir ese tipo de experiencia en la realidad es mucho más difícil de lo que yo me imaginaba.

Antes de casarnos, mi entonces novio (mi esposo actualmente) me advirtió: “Cuando vivas aquí, te vas a dar cuenta del desierto espiritual en el que está Estados Unidos”.  Él escuchaba pacientemente mis historias de trabajo con las clases de niños en el campo, mis actividades con la iglesia y mis amigas los domingos, las reuniones durante la semana… mucho por hacer para el Señor en Chile, mi país de origen.

Como el hermano Armando San Martín una vez vio espiritualmente: el pan del cielo es entregado desde nuestros púlpitos en tanta abundancia que la gente no lo valora, sino tal como lo hace una persona desinteresada que mira al techo cuando se le habla, el pan cae al suelo y se pierde.

Así es Chile.  La abundancia de predicación tiene a la gente cansada.  Se predica en los altares toda la semana, se predica en la calle, el domingo está lleno de actividades.  Y cuando Dios no vive en el corazón, todo esto en vez de hacerlo por amor, se hacer por obligación.  Hasta que se convierte en una rutina y la gente deja de perder la pasión por Cristo y por las almas.  Como dice su palabra, “cuando la maldad aumente, el amor de muchos se enfriará”.

[singlepic id=11 w=320 h=240 float=right]Sin embargo, gracias a Dios, aún se encuentran remanentes de salvados en todo el mundo, quienes valoran la Palabra y la atesoran y la viven y comparten… e incluso son perseguidos por ello.

Aquí en Estados Unidos, la situación es difícil, por decir lo menos.   Yo llegué hace 14 meses aproximadamente.  Llegué esperanzada con la nueva vida que iba a vivir, lo que Dios me ha dado en mi matrimonio es tan hermoso que sólo Él pudo haberlo planeado.  Llegué también con la esperanza de encontrar una nueva hermandad en Cristo, amigas y amigos con quienes iba a caminar sirviendo al Señor, pero ahora he llegado a comprender que era necesario no tenerlo para realmente valorarlo e incluso llorar por ello.

La primera iglesia que Dios nos permitió conocer aquí en Estados Unidos fue una iglesia similar a la Iglesia Evangélica Pentecostal en la superficie: se siguen estrictos códigos de vestimenta, apariencia física y vida familiar, se predica la Palabra de Dios sin obstáculos y la comunidad de creyentes se ve unida.  Sin embargo, a poco de conocerles, nos enfrentamos con un frío hielo en el corazón: sus frutos carecían del amor de Cristo, se dejaban llevar por regulaciones en vez de hacer prevalecer la misericordia… esa misma misericordia que Dios nos mostró al amarnos aún en nuestro pecado, y perdonarnos.  Dejar esa iglesia fue difícil y penoso: hasta hoy creo que no nos han perdonado.

La segunda iglesia que visitamos fue una experiencia en el otro extremo: la alabanza en las reuniones era hermosa, dirigida por una hermana brasileña, pero la predicación de la palabra era… gelatina.  Se leía un verso de la Biblia y lo demás era toda una explicación humana de lo que se entendía, tal como se explica un párrafo de un libro cualquiera en una clase en un colegio.  Se compartía alguna experiencia de lo hermoso y amoroso que es Dios, pero no se urgía a la hermandad a buscar a Cristo, o el perdón de los pecados con su sangre, o de dejar el pecado que mancha nuestras vestiduras.  Nada de eso.  Por otro lado, nunca la hermandad nos saludó o demostró interés por nosotros.  De hecho, una vez que invité a una de las hermanas a reunirnos (en tal fecha yo todavía no tenía ninguna amiga, ¡ya se imaginarán que hago yo sin amigas!), me dijo que no podía, que estaba muy ocupada.  ¡Qué decepción!

La tercera iglesia que visitamos por lo menos nos mostró un poco más de consideración y hubo personas que nos saludaron cuando llegamos las primeras veces.  Sin embargo, a poco andar, nos dimos cuenta de que la predicación era en gran medida no inspirada por el Espíritu Santo sino por un pensamiento humano combinado con un conocimiento intelectual de la Biblia (la predicación se leía estrictamente de la misma forma en los 3 servicios de mañana los domingos), en otras palabras, una mezcla de psicología y  las Escrituras: “tú puedes hacer lo que quieras si sólo te lo propones” en vez de “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”; o “lo importante es que tú trates de hacer lo correcto” en vez de “ser transformados por el poder del Espíritu Santo”.  También se inclinaban hacia enseñanzas foráneas apoyadas por un líder ‘con muchos años y títulos’ quien no creía que una clase en “oración contemplativa” estaba peligrosamente cercana a las religiones orientales y alejada de la verdad bíblica.

La cuarta iglesia entregaba la predicación en forma espontánea (sin leerla) y eso nos gustó.  Sin embargo, el pastor confesó en el altar que estaba con depresión y que había perdido el norte, y sin embargo, estaba predicando.  El ambiente completo en el templo era de opresión, y tampoco se veía el amor de Dios hacia las almas recién llegadas.  Todos estaban demasiado ocupados con sus propios amigos.

[singlepic id=12 w=320 h=240 float=left]Ya estábamos a más de un año en este nuevo lugar con mi esposo y los dos ya empezábamos a sentir las repercusiones de carecer de una congregación, hermanas y hermanos que compartieran con nosotros las Escrituras y la amistad necesarias para crecer en madurez.

Por otro lado, en la organización de misiones que el Señor dio a mi esposo, se estaba trabajando más en proveer servicios que en entregar el Evangelio y mi marido sentía que ese no era el llamado que Dios le había hecho… él tuvo que enfrentar a la persona que realizaba este trabajo quien decidió partir y dejarnos.  Para mi marido fue una situación difícil y triste, pero con certeza la razón era demasiado importante para dejarla pasar.

Por gracia de Dios, Él mantuvo a dos personas específicas en nuestra vida para acompañarnos, con quienes nos reuníamos los miércoles cada dos semanas a estudiar la Palabra.  No sé qué hubiera sido de nosotros sin ellos, su compañía, su amistad y su comprensión.

Así estábamos cayendo en una situación de frustración y decepción, pensando, ¿cómo es posible que no haya más cristianos que desean buscar a Cristo de corazón y aprender de las Escrituras sin adaptar su enseñanza a la cultura hedonista y egoísta que nos rodea?  Mi esposo en su corazón deseaba y desea servir al Señor, trabajar para él pero en su mente una voz le decía: “No sirves, nadie te necesita, has fallado y ya no podrás nunca más servir a Dios”.  En mi corazón, se estaba acumulando una tristeza que sólo Dios veía, sólo oraba solita y con mi marido, y ambos nos animábamos mutuamente lo mejor que podíamos, confiando y orando y esperando en nuestro Dios.

Y así llegó el mes 14.  Y Dios empezó a sacarnos del valle de muerte: escuchamos de una iglesia ‘bíblica’ y la visitamos.  Y casi con miedo aceptamos que era justamente lo que buscábamos: la predicación fue 100% la verdad bíblica, no mezclada con azúcar sino fresca y original.  Fue como una ráfaga de aire fresco después de estar en una habitación cerrada por meses.

En segundo lugar, dentro de una semana, Dios permitió que conectáramos con el Pastor David Fuentes a partir de su experiencia misionera en Angola.  Él reemplazará al ministerio que nos abandonó en la organización que creó mi esposo y sabemos que sólo Dios tenía este plan desde el principio.  Y apenas supo de nosotros, pudimos ver el amor que Dios ha pueso en su corazón: ¡quiso visitarnos y conducir 9 horas!  Su visita con su esposa y su hijito fue como una ráfaga de viento y silbo apacible al mismo tiempo… con mi esposo hemos quedado impactados del poder de Dios trabajando en su siervo y lo más importante, el amor, la compasión que vive en su corazón.  ¡Y queremos lo mismo! ¡Esto es lo que buscábamos con ansias!

Ahora en la nueva iglesia ya hemos encontrado personas hermosas, creyentes que están buscando a Cristo con todo su corazón y están dispuestos a escuchar un evangelio verdadero, no acomodado a sus intereses.  Y mientras escribo esto, mi corazón derrama lágrimas de alegría porque gente que recién conozco me quiere y aprecia… antes nunca lo consideré con tanto valor como ahora.  Por fin estoy viendo el amor en acción al conocer a gente que abre la puerta de su corazón para crear una amistad.

Y así Dios nos ha traído desde un valle de muerte hacia un horizonte de promesa.  Su mano nos protegió y acompañó y en el camino nos enseñó a valorar su amor, su Espíritu y anhelarlos con desesperación.

Para terminar, mi pregunta a ti es: ¿has valorado la inmensa riqueza que tienes al tener amistades que comparten tu fe, al asistir a reuniones en que se predica la palabra de Dios real, sin artificios?  ¿Qué haz hecho con esa inmensa riqueza, la estás usando?  Sin transformación de nuestra mente, sin un nuevo corazón, Cristo no puede reinar en nuestras vidas.

En Estados Unidos, el Espíritu Santo es considerado algo del pasado, las iglesias no muestran amor hacia el desconocido, la palabra de Dios se considera como algo que hay que soportar cuando en realidad lo que la gente quiere es pasar un buen rato, reír con el predicador, cantar mucho o bailar en el templo.

¿Dónde ha quedado el quebrantamiento en la casa de Dios? ¿La transformación de la mente a la semejanza de Cristo?

La iglesia en Chile está en riesgo de correr la misma suerte: si la congregación no siente un amor creciente por las almas, si el Espíritu de Dios no está transformando vidas (el Espíritu Santo no es sólo la manifestación de los dones de lenguas o danza, NO, sino una vida transformada) ni se ve la compasión por las almas, ni hay corazones llenos de pasión por Dios, se corre el peligro de perder a Cristo mismo, nuestro fundamento.

¿Vives tú una vida transformada?  Hoy es el día en que puedes recibir a Cristo y empezar a caminar con Él… ¡no botes a la basura la inmensa riqueza que Dios ha puesto en tu vida!

En Cristo,

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