Un soldado para Cristo

“En el transcurso del ano 1945, hube de cumplir con el servicio militar obligatorio. Hacía seis meses que Cristo mi Salvador, me había libertado de las tinieblas.

Pensé en un principio, que perdería toda la gracia adquirida con Cristo Jesús, y además, dejar mi hogar y el cariño inmenso de mis padres y hermanos. Recordaba, sin embargo, las palabras del apóstol que me fortalecían: “Señor, ¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros creemos y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Juan 6:68, 69. Gracias a Dios que, “Este pobre clamó, y oyóle Jehová, y librólo de todas sus angustias”. Salmo 34:6. Una vez en el regimiento, mi deseo fue demostrar que era Hijo de Dios. ¿Cómo realizarlo? “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra”, Salmo 119:9.

¡Señor! Todos los que me rodean son inconversos. ¿A quién acudiré? “Alzaré mis ojos a los montes, de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra”. Salmo 121:1, 2.

Muchas fueron las dificultades que soporté en el cuartel como siervo de Dios; no tenia un compañero en quien descansar, más aun, los que me rodeaban me urgían a que participara con ellos en asuntos mundanales. Cierta vez un teniente insistió en que debía comprar algunas entradas para un espectáculo en el teatro de la ciudad. Mi contestación fue: Mi Teniente, cuando salgo franco no concurro a esos sitios, pues siendo evangélico, voy a mi iglesia a los Servicios del Señor. Para salir franco, me dijo, debía comprar entradas. No saldré, mi Teniente, hasta que no me corresponda, contesté.

¡Gloria a mi Señor! Mi Teniente, viendo mi resolución, me otorgó permiso aun cuando no me correspondía. Pude palpar el alto significado de las palabras del apóstol Pablo: “Por lo cual estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor
Nuestro”. Romanos: 8:38, 39.

Otro día fui llamado por mi Sargento, el que me hizo esta pregunta: “¿Es verdad que eres evangélico?” – Sí, mi Sargento, contesté. Te considero un tonto; además, debo decirte que los evangélicos son iguales a los católicos, pues, los he visto beber y hacer todo lo que ellos hacen. Mi Sargento, respondí, un error de conscripto o un oficial no pueden manchar el honor de un regimiento, pues si aquel erró, hay muchos otros que están dando honor a las unidades de la Patria. Así también, dentro del Evangelio pueden existir personas como las que Ud. menciona. Para mí, el Evangelio ha sido poder y potencia de Dios. Tuve la oportunidad de contarle toda mi experiencia.

En los días de fiestas patrias salió toda la compañía; quedamos en servicio un cabo y dos conscriptos. A la hora de la comida, viendo el cabo nuestros vasos vacíos, los lleno de licor. Esta noche, dijo, termina el Evangelio para Nauto. Tiene que beber con nosotros, o lo haré pasar por debajo de todos los catres, hasta que me canse y le recargaremos todo el servicio. Ud. sabe que no bebo, ni beberé, y estoy a sus ordenes mi cabo, respondí. Si Ud. cree que esta medida es justa, actué como Ud. quiera mi cabo.

¡Al Señor sea la honra y la gloria! No bebí, ni hice todo el servicio, ni pase debajo de los catres. Mi Señor me honró y fui querido de mis compañeros y de mis superiores; me solicitaban que les hablase del Evangelio.

La vida en el cuartel despertó en mí el espíritu militar. Obtuve una buena licencia que me abrió las puertas de las Fuerzas Armadas. Resolví ingresar al Cuerpo de Carabineros. Consulté a mi Pastor, quien me hizo ver que no era lo mejor. Pero desobedeciendo, hice los trámites necesarios.

Dios puso una enfermedad en mí, que me llevó al hospital, donde comprendí Su voluntad: obedecer.

Hoy hace un año que estoy empleado en los Ferrocarriles del Estado; siempre soy un soldado de Jesucristo.

Quiera el Señor que este testimonio pueda servir a algún hermano joven, que esté en el Servicio Militar o próximo a hacerlo, sabiendo que Cristo, es nuestro principal Superior.

Arturo Nauto A.,
Valdivia

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Tomado de la revista Fuego de Pentecostés Nº 226, abril de 1948

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